Actualmente nos encontramos sumergidos en un mundo materialista, donde lo que importa es la apariencia y el tener más que el otro. Es una constante lucha por alcanzar éxito, dinero y fama. Pareciera que las cosas sencillas van quedando de lado o peor aun, no hay tiempo para preocuparse de “esas cosas”. Pero “esas cosas”, como así las llamamos, son nuestra esencia, ocultas en lo más recóndito de nuestro ser, que nos hacen ver la nobleza que hay dentro de nuestros corazones, o del que está a nuestro lado, nos hace ver cómo aquel noble samaritano es capaz de desviarse de su camino, detenerse y preocuparse por su prójimo que se encuentra en mal estado y llevárselo consigo para curar sus heridas.
Si revisamos la Biblia encontramos claras muestras de ese amor hacia el prójimo -curación de un leproso, sanación a un paralítico, etc.-, y ¿qué mayor ejemplo que Jesús, que murió por nosotros para Salvarnos? Y pensar que muchas veces no somos capaces de ayudar o tenderle la mano a nuestro prójimo.
Calcuta, una ciudad ubicada en el tercer mundo, habitada por millones de personas, donde reina la miseria, las enfermedades, las calles atiborradas de mendigos, leprosos y desamparados, de niños indeseados que son abandonados a su suerte en las calles o en los tachos de basura. Es ese ambiente el que hará que una mujer de corazón noble, se desvié de su camino, para realizar la misión que Jesús ha escogido para ella. Se detendrá, dejará de participar en su congregación religiosa para fundar una nueva y preocuparse de su prójimo: el más pobre de entre los pobres. Nos referimos a la Madre Teresa de Calcuta.
Por esto es destacada hoy en día, por su labor que es poco usual y sirve de ejemplo para todos, pero en especial para los cristianos.
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